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Estamos en el pico de la pandemia de gripe, y a pesar de la enorme difusión del tema en los medios, domina la confusión y el miedo. En este artículo nos proponemos aclarar cada uno de los puntos que necesitamos conocer sobre esta antigua y respetable enfermedad. Para saber qué hacer, pero sobre todo para saber qué pensar, y que no lo hagan otros por vos. En el escenario, una vez más, la exitosa Gripe.
La gripe es una de las enfermedades más contagiosas, y no está producida por un único agente etiológico, sino por toda una familia de virus altamente variables. Generalmente se los identifica por unas siglas extrañas, pero que resulta bastante sencillo entender.
Fundamentalmente existen tres tipos de virus que la causan, todos de la familia Orthomyxoviridae: se los distingue como A, B y C. A su vez, entre ellos hay bastante variedad. Como poseen diferentes antígenos (que son las moléculas que hacen reaccionar a nuestro sistema de defensas), podemos generar inmunidad frente a uno de ellos luego de una gripe común, y padecer otra gripe de síntomas similares al poco tiempo, si el virus pertenece a otro tipo. Entre las muchas proteínas que
componen al virus, destacan la Hemaglutinina (H) que se encarga de la unión con los receptores celulares de la célula a la que se va a infectar, y la Neuraminidasa (N) que actúa como una llave permitiendo la difusión de nuevas partículas víricas desde las células ya infectadas hacia otras aún sanas. Como estas moléculas van cambiando según la “cepa” o variedad del virus, sirven para identificar cada subtipo, dentro de la subfamilia A. Por ello se habla de “virus A (H1N1)”, “A (H3N2)”, etc. Justamente, el A H1N1 es el responsable del pánico actual, y anda dando vueltas por el mundo desde principios de los 70s.
A lo largo del siglo XX se siguió la pista de los distintos subtipos, pero nadie sabe por qué aparecen y desaparecen, y qué factores intrínsecos a su genética determinan su mayor o menor agresividad. Lo que sí resulta más claro es que en combinación con los factores ambientales de las poblaciones afectadas terminan siendo más o menos mortales. Más adelante aclararemos este punto.
La gripe, una vieja conocida
Todos hemos tenido experiencia ante la gripe. Es una enfermedad común en países o regiones que presentan variaciones estacionales (clima templado), y típicamente aparecen buena cantidad de casos en la época fría, desapareciendo casi por completo durante el verano.
Es una enfermedad que produce altas tasas de morbilidad, y muy bajas tasas de mortalidad. Es decir, enferma a gran cantidad de individuos, y mata a muy pocos. Los cálculos que aparecen en la bibliografía son muy diversos, pero señalan en una temporada promedio un 5 a 15% de la población afectada, y no más de un 0,15% de mortalidad. Para esta gripe A, la OMS está indicando un 0,78% de mortalidad. Pero hay una enorme dificultad para sostener estos números: el sistema sanitario, aún el de los países más meticulosos en sus estadísticas, no identifica todos los casos de gripe en un banco de datos único, sino que solo registra los casos que pasan por el sistema hospitalario. Pensemos en la enorme cantidad de casos que solo pasan por el consultorio, o las infecciones que apenas producen una leve febrícula y que no incapacitan al infectado para dejar el trabajo o estudio, o aquellos que se automedican y no recurren a la consulta.
Es decir que resulta extremadamente difícil contabilizar la incidencia de la infección en cada temporada, y el número de internados dependerá no solo de la gravedad de los casos, sino de la eficacia del sistema de salud en que se inserta cada grupo poblacional. Cuando este sistema no está suficientemente extendido, o está fuertemente urbanizado, o no posee los recursos o camas necesarios, o carece de una organización adecuada, es inevitable que haya un subregistro de los casos (casos no identificados). Y con ello, la cuantificación de la enfermedad varía enormemente. Pensemos en lo que ha pasado en Argentina a finales de junio de este año 2009, cuando en pocos días las estimaciones oficiales saltaron de 2.500 a 100.000 casos. Más allá de que la enfermedad seguía progresando, ese cambio en la información sólo nos revela que los números no reflejan ninguna realidad objetiva.
Números en contexto
Unos 100.000 casos de gripe A pueden parecer una enorme cantidad, y de hecho lo es, pero lo curioso es la amplificación que éste o cualquier otro dato tiene en los medios de comunicación. Cien mil puede ser mucho o poco, según los parámetros que se tomen para evaluar. Todos los años hay, según las declaraciones oficiales, entre uno y tres millones de personas infectadas de gripe (y este número es bastante más impactante), lo que dependerá no solo de la cepa más común que se difunda en la población, sino también de lo bajas que sean las temperaturas, de la situación social imperante (hubo récord de enfermedades infecciosas en los inviernos de 2002 y 2003, el pico de la crisis socioeconómica), de las campañas que el ministerio de salud realiza y de la protección efectiva que se brinda a los grupos de riesgo, de la preparación de la población para reconocer los síntomas de la enfermedad, del acceso a la atención médica, etc.
También han dicho que todos los años mueren entre 3000 y 4000 personas, por enfermedades relacionadas con la gripe. Recordemos en este punto que buena parte de las muertes se producen por neumonías o por paros cardiorrespiratorios producto de una descompensación general, que son inicialmente facilitados por la infección de las vías respiratorias superiores. Y que buena parte del “tratamiento” al enfermo de gripe no consiste más que en cuidar los signos vitales, evitando fiebres altas y deshidratación aguda, dado que los antivirales disponibles no sirven de mucho una vez manifestado el cuadro de la enfermedad, y fundamentalmente se debe disponer el reposo y atención necesarios para evitar las temidas complicaciones posibles, neumonías en primer lugar.
¿Información o des-información?
Veamos algunas de las afirmaciones que los directivos de la Organización Mundial de la Salud emitieron en junio, abundantemente reproducidas y magnificadas por los medios. “Es la primera pandemia de influenza del siglo XXI” (1), “el virus no se puede detener” (2), “la propagación se ha moderado” (3), “no es recomendable restringir los vuelos entre países” (a propósito de que era difícil el contagio en los aviones con filtros de aire) (4), “la gripe puede volver en una segunda oleada” (5), y “el virus se propaga de manera sostenida, esto no implica que se haya hecho más grave, que la enfermedad sea más severa o que haya aumentado la tasa de mortalidad” (6). Estas sentencias acompañaron la declaración del máximo nivel de pandemia, el número seis. Pero analicemos lo que nos dicen:
¿Se está haciendo lo necesario?
Los funcionarios a cargo de la salud afirman que hacen todos los esfuerzos del caso para combatir la epidemia. No hay ningún motivo para no creerles. Tampoco lo hay para pensar que la forma de actuar pudiera ser otra, dado que cualquier población está expuesta continuamente a amenazas de virus y otros microorganismos que ponen en riesgo la salud. Por ello, es tarea de los sistemas sanitarios abortar cualquier amenaza o foco infeccioso, como ocurre cada vez que aparecen casos de meningitis, hepatitis A, diarrea estival, síndrome urémico hemolítico, o cualquier otra. ¿Por qué debería ser distinta entonces la forma de proceder, aunque cambie la escala de contagio?. Se deberán destinar mayores recursos, materiales y humanos, para hacer que la enfermedad no produzca un impacto grave (y es justamente lo que se decidió hacer). En este sentido, todas las medidas que se vienen tomando (suspensión de clases, facilidades para licencias laborales, suspensión de eventos que impliquen aglomeraciones, etc.) son de una lógica irreductible, y deben ser acatadas por la población. Es parte de la concepción de la salud como un compromiso conjunto entre el sistema de salud y la responsabilidad individual.
¿Puede aparecer una variante del virus de la gripe que sea especialmente mortal, y por ello más peligrosa de lo habitual? Por supuesto que sí, y se teme que éste aparezca en cualquiera de estos años. De hecho, se pronosticó su presencia cuando ocurrió la difundida “gripe aviar”, y se han constatado pandemias gravísimas en tres ocasiones durante el siglo XX, especialmente la de 1918 (“gripe española”). Pero aún al día de hoy los epidemiólogos no se ponen de acuerdo en las razones de tanta mortalidad, y discuten sobre las características del virus de aquel entonces, la especial susceptibilidad de una población que había sido arrasada por la guerra y poseía un estado de higiene y nutrición calamitoso, una capacidad de respuesta de los sistemas de salud mucho más limitada en aquella época, y el cóctel que todo ello junto podía significar. ¿Pueden todas esas condiciones de contexto repetirse hoy en día? ¿Estamos ante una situación similar?, no hay acuerdo al respecto.
¿Está esta enfermedad “potenciada” por la labor de los medios de comunicación?. Bueno, sería absurdo suponer que un periódico o un canal de TV harán más peligroso el accionar de un virus. Pero la lógica de los ‘mass media’ no supone “transmitir la verdad” (que como se dijo más arriba, es notablemente difícil de precisar en estos focos epidémicos) sino más bien generar un público dependiente que consuma el producto. Y por supuesto, importa el rédito comercial en forma de espacios de publicidad vendidos o segundos de televisión comercializados, para sostener el sistema. Por ello las noticias deberán ser siempre impactantes, sensibilizar la opinión, alimentar el conflicto, suscitar la sospecha. Esto vale para la gripe o para cualquier otro tema, y explica el obrar de los multimedios. Más allá de intervenciones bienintencionadas, que seguramente las habrá, el director de programación o del noticiero tiene en claro que la gripe será por un tiempo noticia, hasta que otro tema candente ocupe su lugar. Y téngase en cuenta que lo de “candente” corre a cargo del mismo medio. Mientras tanto, recordemos que la enfermedad es un conjunto bio-psico-social, por lo que una persona que vive sujeta a un fuerte estrés puede facilitar con ello el desarrollo de enfermedades que, de otro modo, no se le manifestarían.
¿Todo lo dicho implica restarle importancia a la enfermedad? ¡De ningún modo!, la gripe es una dolencia de sumo cuidado, y no debe subestimarse su gravedad. Esto sea dicho, cualquiera sea la cepa del virus, o la forma en que se manifiesta o propaga. La convivencia durante tantos años (¿siglos? ¿milenios?) con ella, ha hecho que no le demos la debida importancia, como sí en cambio se la otorgamos a otras enfermedades menos comunes.
Bienvenida la información y la prevención, que son las mejores armas ante ésta y cualquier otra enfermedad que nos afecte. Cuando ésta termine, ya podemos empezar a prepararnos para la próxima epidemia.