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No hace mucho que se alertaba, desde todos los organismos y medios de comunicación, catástrofes múltiples producidas por el calentamiento global que la irresponsabilidad humana estaba produciendo. Quiero ofrecer aquí algunos argumentos para volver a pensar en el tema, porque como en tantos otros (agujero de ozono, dengue, gripe, etc) parece que a algunos les resulta rentable producir el pánico.
Esperando la nevada
En estos días de julio de 2009, en el centro de la provincia de Buenos Aires esperamos de un momento al otro la caída de una nevada. Temperaturas bajo cero son habituales todas las mañanas, y el consumo de gas domiciliario se ha disparado al punto de llevar al límite la posibilidad de atender la demanda por parte de las distribuidoras. Es un buen momento para hablar de los problemas que tiene la teoría del Calentamiento Global.
Una larga exposición de los argumentos se encuentra en el documental de Al Gore, “A Inconvenient Truth” (Una verdad incómoda). No es que el casi presidente de Estados Unidos sea un científico que estudia el tema, sino que manifiesta ser un político al que siempre le preocupó, a través de distintas influencias que recibió en su formación, el problema del cambio climático. No tengo por el momento motivos para dudar de la sinceridad de Gore en presentar el fenómeno como una alerta mundial (tan eficaz fue en su transmisión, que por ello recibió el premio Nobel), pero hay algunos elementos que no están claros y constituyen los pilares sobre los que se monta la idea de que nos estamos calentando. Globalmente hablando. Veamos.
La teoría del calentamiento y sus problemas
El efecto invernadero no es en sí un problema, y eso el documental lo explica bien. Lo necesitamos, sin él la Tierra sería un freezer, y toda la biosfera colapsaría. Pero parece ser que a lo largo del siglo XX las emanaciones de dióxido de carbono (CO2) de origen principalmente industrial han aumentado notablemente la concentración atmosférica de dicho gas, y por sus propiedades de “atrapar” el calor, la temperatura aumenta. Hay otros gases que tienen estas propiedades, por eso se los llama “de efecto invernadero”, pero los teóricos del calentamiento global echan todas sus tintas en el CO2. Tiene un origen antropogénico (o sea, humano), dicen, y nunca en la historia (geológica) hubo tanto como ahora. En la película se muestra un gráfico de 650.000 años de registros, y en el último tramo que representa el presente, la curva “se sale de la gráfica” revelando un aumento espectacular.
Hay otros problemas complementarios: tala de bosques (que representa menos follaje para capturar el CO2 sobrante), gran cantidad de basura descomponiéndose en tierra y mar (emanaciones extras), pero fundamentalmente una enorme cantidad de combustibles fósiles (naftas, carbones, gas) quemados a una velocidad nunca vista, que estaban bien enterrados a muchos metros de profundidad, y ahora son extraídos y “vaporizados” por las fábricas y los vehículos de transporte. ¿Es todo esto cierto?, sí, claro.
La expulsión de CO2 a la atmósfera por las actividades humanas se ha disparado. El problema es que se plantea como algo dramático, que el CO2 ha duplicado sus niveles de, digamos, 100 años atrás. Hace un siglo teníamos, en un ambiente de aire limpio como podía ser alguna remota isla oceánica (piense algún lugar así, muy alej
ado de todo) o la Antártida, 300 partes por millón o menos, lo que sería un 0,03% de volumen del aire.
La atmósfera es tan grande, y el volumen de aire que contiene es tan inmenso, que los geólogos suponen que hace millones de años que se mantiene constante con apenas ligerísimas variaciones. Un destacado ecólogo, Paul Colinvaux, afirma que si toda la vida animal del planeta se extinguiera (y por tanto se eliminara una enorme producción de CO2 de origen animal por la respiración) harían falta muchos miles, quizás cientos de miles de años para observar una diferencia apreciable en la composición del aire. Todos los seres vivos, animales y vegetales, no alcanzan a remover más del 1% del O atmosférico en un año, mientras el resto permanece allí, inalterable. Con el CO2 pasa otro tanto. Estamos hablando de tantos millones de toneladas que necesitaríamos muchos ceros para cuantificarlo.
Tratemos de decirlo de otro modo. Actualmente la atmósfera contiene 750 gigatoneladas (miles de millones de toneladas) de CO2. Por año TODA la actividad humana (industrias, cría de millones de cabezas de ganado, deforestación, quema de combustibles fósiles) emite poco más de unas 6 gigatoneladas, de las cuales los ecosistemas terrestres absorben al menos la mitad. Es curioso además, que la humanidad emite solo por respirar, en un año unos 2500 millones de toneladas de CO2 (por favor, por más sensible que sea a los problemas ambientales, no deje de respirar por ello), que también son captadas por los reservorios naturales (principalmente, por las plantas que hacen fotosíntesis). El balance neto de estos datos no llega a incrementar por año más de 5 gigatoneladas de CO2 en una atmósfera que ya tiene 750. Y recordemos que estos 750 representan el 0,03% del aire.
Si no es el CO2, ¿entonces quién?
Por ello, podemos sospechar que el CO2 va a seguir siendo una fracción notablemente baja del aire, ¿tendría un efecto apreciable que pasara de ser 0,03 a 0,05%?, no lo parece. Y este ascenso duraría muy poco (tal vez unos 200 años), porque lentamente el CO2 “extra” irá siendo absorbido por los océanos, y con el tiempo depositándose en el fondo, en forma de carbonatos. Cuando los volcanes hacen erupción, también hay temporalmente más CO2 extra en el aire, que con el tiempo “desaparece” en los mares.
Bueno, dirás, al menos va a aumentar significativamente en las regiones más industrializadas o urbanizadas, en el hemisferio norte y en cualquier área metropolitana de magnitud. Una vez más: sí, es verdad, pero ¿qué pasa si algo que inicialmente es “muy poco” se duplica, o triplica, o decuplica?, sigue siendo “muy poco”.
Las ciudades son verdaderas “islas de calor”, y hace más de 100 años que se viene estudiando este fenómeno. Pero no es el CO2 el culpable, sino la concentración de hormigón reflectante, la falta de espacios verdes, la inexistencia de un colchón amortiguador que retenga la humedad, la dificultad de disipación de las corrientes de aire calientes… una gran ciudad es un muy mal lugar para vivir, desde el punto de vista de las condiciones atmosféricas que ella misma retroalimenta. Pero no por el CO2, aunque allí tenga una magnitud mucho mayor que en nuestra isla oceánica.
Es el vapor de agua, muy por encima del CO2, el responsable del efecto invernadero. Ubíquese en una zona húmeda, digamos la ciudad de Buenos Aires, y observará que a lo largo del día (y del año) las variaciones de temperatura son moderadas. Cambie a una zona semiárida (por ejemplo, la ciudad de San Juan) y notará unos cambios mucho más acusados. Mida en ambas la concentración de CO2, y verá que ¡es prácticamente la misma!, porque no nos olvidemos que el calentamiento es “global”, según sus defensores, no “local”.
Pensemos ahora en una oficina, o un aula de escuela, que al empezar la mañana está fría, y cuando sus temporarios ocupantes llegan para habitarla, poco a poco va acumulando calor, hasta hacerse a veces irrespirable si no ventilamos. ¿Cuál será la causa de nuestro pequeño “calentamiento local”?, ¿el CO2 que exhalamos o el vapor de agua que respiramos y transpiramos?. Por supuesto que una combinación de ambos, pero la cantidad en términos absolutos de agua es enormemente mayor. En un metro cúbico de aire, a unos 20 grados, entran 17,34 gramos de agua. Cuando aumentamos la temperatura entra más, y cuando la reducimos, menos. El CO2 ya dijimos que se mide en partes por millón, y aunque respiráramos en forma dramática no conseguiríamos duplicarlo fácilmente, pero en su proporción normal por metro cúbico representa 0,00000057 gramos. ¡¡¡Es el agua, entonces, la responsable del efecto invernadero!!!, y el agua que sale de nuestros cuerpos es una eficaz forma de calentar cualquier ambiente.
Además, se conocen desde antaño los efectos moderadores del mar, y por oposición los extremos climáticos de territorios continentales muy alejados de las costas. La influencia del agua, allí donde llega (y donde no) es notable.
Bien, tenemos otro problema ahora. Parece que, aunque descartemos como responsable al CO2, es un hecho que las temperaturas están subiendo año a año. Da la impresión que el invierno es cada vez más benigno, el verano más tórrido, las enfermedades tropicales avanzan por doquier, los glaciares se derriten aceleradamente, y hay más tormentas y fenómenos climáticos violentos por todos lados. Tenga paciencia, y veamos cada factor por separado, a ver si tiene otra explicación.
La imposibilidad de pensar a largo plazo
Inviernos benignos y veranos tórridos representan una apreciación muy subjetiva. Las temperaturas medias en el largo plazo, medidas con precisión en una estación meteorológica, son la única forma objetiva de saber si hay una tendencia sostenida en cualquier sentido. Largo plazo, en climatología, son un mínimo de 30 años. Siempre ha habido inviernos más duros y veranos más calurosos, sequías prolongadas y aguaceros interminables. Fíjese: en la ciudad de Buenos Aires hubo dos nevadas en cien años, una en 1918 (nadie hablaba entonces de calentamiento o enfriamiento global) y otra en 2007 (¡en pleno calentamiento!). Inundaciones hubo siempre, y en forma bastante irregular, recuerde que buena parte de la Argentina quedó bajo agua en 1983 y hasta 1987, y a nadie en ese momento se le ocurrió atribuirlo al calentamiento. Sobran ejemplos anteriores también.
Sequías prolongadas siempre han existido, en una zona de vientos variables como la nuestra. Y se ha descubierto que es del todo esperable una sequía luego de un fenómeno como El Niño, que es extremadamente aleatorio a pesar de que los científicos lo han estudiado minuciosamente buscándole leyes para domarlo. Era bastante lógico suponer que al leve fenómeno del Niño 2007 seguiría una igualmente leve Niña (seca) a fines del 2008 y 2009. Nada de esto es demasiado extraordinario.
La gran crisis del 30, uno de los primeros fenómenos económicos globalizados por Estados Unidos generosamente para todo el mundo, fue en parte debida a duros años de sequía que azotaron la agricultura estadounidense, disparando los precios de los alimentos. Las temperaturas eran especialmente altas, en el verano boreal, pero aún no se había puesto de moda el calentamiento global. Y no se quemaba combustible fósil al ritmo actual.
A mediados de la década del 70, en todo el mundo, hubo inviernos extremadamente rigurosos, y todos los que fuimos chicos en esa época lo recordamos. Fueron al menos cuatro o cinco temporadas consecutivas. Lo que dio pie a que la BBC a fines de esa década realizara un documental sobre la próxima glaciación (inminente, se creía) que estaba por venir. El defecto del análisis era el mismo que hoy: convertir el fenómeno climático de corto plazo (por más extremo que sea) en una tendencia sostenida.
El documental de Gore sostiene que 10 de los últimos 15 años fueron los más cálidos de todo el siglo. Pero no advierte, cautelosamente como debería hacerlo un científico, que 15 años siguen siendo insuficiente tiempo para observar una variación climática, más bien es un pequeño ciclo cálido que puede tener un fin y dar paso a otro distinto, más frío. Aunque las ciudades, como buenas “usinas” de calor, seguirán estando proporcionalmente más tórridas, de acuerdo con su tamaño.
Enfermedades que avanzan
Las enfermedades tropicales avanzan, eso parece señalar un cambio de temperatura global. Pero las enfermedades tienen que ver con condiciones mucho más complejas que simplemente el clima (vea el artículo “La gripe y los miedos” en esta misma web), por caso en el antiguo imperio romano tenían grandes epidemias de malaria hasta que tomaron la determinación de secar los pantanos cercanos a la ciudad de Roma, y en la edad media hubo un par de siglos en que las enfermedades infecciosas se hicieron recurrentes por un aumento notorio de las temperaturas medias. Fue época de grandes epidemias. Imagínese ahora que un diario italiano de nuestra época hablara del avance de enfermedades tropicales sobre la península itálica como síntoma del calentamiento, ¿usted no les diría que ya las tuvieron ahí antes?
Es cierto que en la Argentina no teníamos dengue. Pero esto se produce por las enormes facilidades de transporte del mosquito y de la gente infectada. Nunca como en este tiempo la gente y las mercaderías viajaron tanto y tan barato. Y la pobreza de enormes poblaciones agudiza las condiciones en las que estas enfermedades hacen estragos. No es precisamente el calentamiento.
Glaciares que se derriten
El fenómeno de los glaciares es el menos entendido de todos. En el sur argentino, todos estos últimos años el Upsala retrocedió, y el Perito Moreno avanzó, estando situados a pocos kilómetros de distancia. Por supuesto, una serie de años calurosos harán que pierdan bastante masa, pero un ciclo frío de otros tantos años producirá las nevadas necesarias para que se recuperen. Es así. Parece haber una tendencia hacia el derretimiento, pero otra vez debemos dudar sobre si es un fenómeno de corto o largo plazo. El tiempo lo dirá. Y pese a que puede dolernos el nacionalismo, que nuestros glaciares patagónicos se descongelen por completo no producirá absolutamente ningún efecto global (aunque puede ser desastroso para algunas regiones del país), solo importan para el caso los enormes volúmen
es de hielo ubicados sobre la Antártida y Groenlandia. Que son, hoy por hoy, sitios exhaustivamente estudiados por equipos de científicos de muchos países y de primer nivel. Dejémosles acumular varios años de datos, y ya sabremos a qué atenernos.
Hay algo más, al respecto del vapor de agua como principal gas de invernadero. Si la temperatura global efectivamente aumenta, podemos suponer un aumento global de la temperatura del aire. Cuando el aire se expande por el calor, tiende a absorber mayor cantidad de agua, con lo cual la percepción subjetiva es de sofocación (piense en un día muy pero muy húmedo), y el efecto de calor efectivamente aumenta. Pero con ello, en el mediano plazo (remarque ‘mediano’) la mayor humedad de las masas de aire produce un incremento en la formación de nubes (es bastante típico este fenómeno en las zonas de selva tropical), y esas nubes reflejan la luz del sol, impidiendo que llegue a la Tierra. El aire, si está el cielo cubierto de nubes, se enfría, y el ciclo se autorregula. Eso es llamado el “albedo”, la reflexión de la luz por superficies como el hielo, a nivel del suelo, o un cielo encapotado, unos metros más arriba. Y la temperatura vuelve a bajar y a normalizarse.
De qué vale la pena preocuparse
Para finalizar, no quiero dejar de expresar la preocupación que todos debemos tener por la enorme dependencia de los combustibles fósiles y la acelerada destrucción de sus reservas. Toda la vida moderna en la que confiamos y depositamos nuestros proyectos de progreso (incluyendo lo que comemos, vestimos, etc) se basa en esos recursos agotables en el corto plazo. Estamos haciendo trizas los depósitos existentes y añadiendo de muchas formas al ambiente una contaminación alarmante. Además, con la destrucción de la vegetación natural, se está eliminando biodiversidad de la que en muchos casos ni sospechamos su importancia. De todos estos temas debemos preocuparnos, y mucho. Pero no nos deja hacerlo el “gran problema” del Calentamiento global.
Mientras tanto, aquí, seguimos esperando la nevada.
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