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Nosotros, los mamíferos, tenemos un permanente desafío, que es mantener la temperatura corporal dentro de una franja muy estrecha y casi invariable. Este artículo recorre los problemas que produce la falta de energía y lo que ocurre en cuerpos grandes y pequeños con el balance energético… incluyendo a los obesos.
Es bien conocido que todo animal (y eso nos incluye a nosotros) necesita su porción de energía diaria en forma de alimento para subsistir, y aunque puede soportar algunos períodos sin comida esto genera rápidamente perjuicios notorios en su metabolismo, que lo conducirán a la muerte en un tiempo breve. Hasta aquí, verdad de Perogrullo. El problema de los mamíferos en particular es que su endotermia impone implacablemente un gasto muy elevado. Dicho en otros términos, el ‘trabajo’ permanente de mantener su cuerpo a una temperatura ordinariamente mucho mayor que la de su ambiente implica un gran esfuerzo. O un gran consumo de energía, dado que será inevitable que el calor escape de su cuerpo en forma de una nube de vapor (que una cámara térmica capta sin mayores problemas, y que muestra que ‘fantasmas’ de vapor nos rodean continuamente).
En reposo, del 80 al 90 % de la energía ‘quemada’ por los mamíferos se emplea para mantener constante la temperatura (homeotermia). Al llegar el invierno, el cuerpo del mamífero va exigiendo más energía porque pierde más calor, y esto se ha traducido en curiosas adaptaciones culturales, como chocolates o fondues tradicionales de los países con inviernos muy fríos, o cerveza caliente, o pasión por las bebidas espirituosas... alimentos o bebidas calóricas que luego se trasladan sin más a latitudes casi tropicales, produciendo un excedente peligroso que conduce fácilmente al sobrepeso (¿pan dulce, turrón y sidra con los habituales 30°C de fines de diciembre?).
El calor del núcleo de un mamífero se pierde a través de su piel. En la etapa del crecimiento, el volumen del mamífero aumenta con más rapidez que su área superficial. Un mamífero grande entonces, tiene menos superficie de piel por unidad de volumen y, en consecuencia, a igualdad de todos los demás factores, pierde calor con más lentitud. Por lo tanto, los mamíferos grandes son relativamente más ‘baratos’ en combustible que los pequeños. Y un adulto lo es más que un niño o cría. ¡A abrigar a los niños entonces!, que pierden más rápidamente la temperatura que producen (su latido más veloz compensa esta pérdida, siempre que el
alimento no escasee). Un cuerpo más pequeño tiene un índice metabólico mayor, es decir, el ritmo con el que se producen los procesos químicos del cuerpo (y el ritmo al que requiere energía) es mucho mayor, por lo que demanda más combustible por unidad de peso. Gasta más, por lo que debe comer más. ¿Pero lo hacen?. En realidad no siempre se trata de comer cantidades enormes de alimento, sino que muchos animales pequeños lo resuelven seleccionando comestibles que sean muy energéticos (semillas o frutos secos, por ejemplo). Y un bebé recién nacido lo resuelve con un alimento altamente calórico como lo es... la leche de su madre.
Lo que la naturaleza no pudo prever, fue la enorme disponibilidad de alimentos ricos en calorías que disfrutaríamos los seres humanos en estas últimas décadas (golosinas, panificados, gaseosas, frituras, y muchos etcéteras), que llevó a romper todas las reglas de balance calórico y desencadenó la epidemia de obesidad que crece inexorablemente en las capas medias y altas de las sociedades de todos los países. Porque en esos cuerpos que engordan lenta e implacablemente, el gasto se hace cada vez menor y las calorías se almacenan en el cuerpo a la espera de tiempos de mayor demanda, que difícilmente llegarán. Botero ha pintado hábilmente estas crisis energéticas, que no tienen lugar en los animales (a menos que protagonicen raros experimentos de laboratorio), pero que en los humanos resultan cada vez más familiares. Es curioso que, en estos casos, la crisis energética se produzca por un excedente y no por un faltante de energía. Un excedente frecuentemente fatal.