Firefox, belleza en peligro

Existe un animal parecido a un zorro, de pelaje encendidamente rojizo, pero con una cola suavemente anillada que recuerda la del mapache, y un rostro redondeado de orejas pequeñas y hocico rechoncho, más similar al de un oso. ¿Qué rara alquimia ha engendrado este extraño ser, que vive casi siempre trepado a los árboles, y habita en parajes boscosos remotos del Himalaya?

 


 
Estamos hablando del panda menor, o panda rojo, que inspirase el nombre de Firefox, el famoso navegador alternativo a Explorer, heredero directo de Netscape. Es un panda por su denominación tradicional, pero veremos si tal nombre se justifica. Habita buena parte de los mismos bosques que el más famoso Panda Gigante, más allá de los 1500 metros de altura y hasta los 4000 inclusive. No solo se lo encuentra en China, también (aunque en retracción) se halla en la vertiente meridional del Himalaya, por lo que es conocido en Nepal o la ex-Birmania. De adulto tiene el tamaño de un gato grande, y su pelo muy espeso y abundante lo protege de la notable amplitud térmica de las alturas. Justamente, es su larga y abundante cola lo que le da un aspecto gatuno, sin la cual podría pasar por un osezno pequeño. Tiene un aspecto simpático y juguetón, y desde hace siglos es conocido por los pueblos tibetanos, que en ocasiones lo han criado en cautividad sin inconvenientes.
A diferencia de su “primo” negro y blanco, éste tiene una dieta un poco más variada. Sigue predominando el bambú, pero también ingiere fruta, raíces, hierbas, bellotas, incluso animalitos pequeños. Es en los árboles donde tiene desplazamientos expertos, mientras que se muestra más bien torpe en el suelo, donde desciende muy pocas veces.
Está claro que el Panda gigante se parece a un oso, pero ¿corresponde asignarle el mismo término al panda rojo?, después de todo, exteriormente, no parece más que lejanamente un oso. La confusión entre los expertos ha sido tal que se han dado tres posiciones marcadamente distintas: había quienes los ubicaban (a ambos) del lado de los úrsidos (los conocidos osos); otros los colocaban más próximos a la familia (prociónidos) del mapache y coatí americano (pero claro, la dificultad era que no estaban en América); finalmente, los simplistas los apartaban en un grupo diferente y único, los ailúridos. Y cada experto tenía sus propios argumentos enfrentados, frecuentemente válidos todos, que lo único que lograban demostrar es cuán artificiales son estas clasificaciones.
Por suerte, la genética vino a resolver el caso. Cuando se compararon el paquete de cromosomas de los tres grupos, fue evidente que no se podían sostener dos de las tres propuestas. Un primer análisis de los cromosomas arrojó que el panda gigante tenía 21 cromosomas y el panda rojo 22, mientras que todas las especies de osos contaban con 37. Pero esto por sí mismo no decía nada. Por ello se recurrió a la técnica del “reloj molecular”, un estudio comparado de las proteínas comunes que presentan un grupo de especies, para ver sus diferencias relativas y calcular, a partir de ellas, el tiempo de separación evolutiva que tienen. De esa manera se pudo reconstruir la historia de los pandas, que básicamente es ésta:
Pandas, mapaches y osos comparten una especie ancestral, que vivió hace quizás 35 a 40 millones de años, o aún más. Pronto se separaron el grupo del que se originarían los mapaches y nuestro panda rojo por un lado, y otra familia dio origen prontamente al panda gigante (mejor dicho, su tatarabuelo) y el resto de los osos, que siguieron evolucionando (por eso, aunque no viene aquí al caso, pueden diferenciarse osos con rasgos más primitivos y otros de aparición más reciente). Claro que están todos emparentados lejanamente, pero no tanto como para justificar una denominación común. Hablar de “panda” rojo introduce una confusión adicional innecesaria. No está cercanamente emparentado con ninguna de las actuales especies de cada grupo, como tampoco lo está con el panda gigante. En este sentido, ambos son verdaderos sobrevivientes de épocas antiguas, de un pasado distinto. Y como tales, presentan una rara mezcla de características más propias de una quimera, como podría serlo el ornitorrinco o el caballito de mar.
En el parque nacional Langtan, de Nepal, o en la reserva Wolong, de China, se encuentran hoy las poblaciones más numerosas de este animal. No ha sido particularmente perseguido, su piel es cada vez menos buscada, su carne no es especialmente sabrosa, ¿por qué entonces sigue persistentemente en los primeros lugares de las especies más amenazadas del mundo?
Como la mayoría de las especies en riesgo de este planeta, su vida depende de que se mantengan algunos de los hábitats en los que vive, continuamente amenazados por la deforestación y la expansión de la actividad agrícola. El peligro lo corre su hogar. La contaminación y los incendios por la incesante invasión humana de sus bosques hasta no hace mucho vírgenes, completa el cuadro de riesgos crecientes. Los humanos, al atacar desaprensivamente los bosques, conducen al desastre a muchísimas especies que los habitan. En este caso, todo el ecosistema debe ser considerado una víctima de la irracionalidad.
El panda rojo no es un panda, es una especie única (como todas las especies) que en su rara combinación genética puede llevarse para siempre su original y exótica belleza si desaparece. Y a no dudarlo, si ello ocurre el mundo se verá un poco más triste.