El camaleón, ¿cambia de colores según la ocasión?

En este artículo observamos uno de los animales más extraordinarios, poniendo la lupa en sus características singulares y especialmente en la difundida creencia de que puede cambiar de color a voluntad para mimetizarse con el entorno y así volverse casi “invisible”. ¿Mito o realidad?, aquí lo revelamos.


 
El mito popular asegura que, como el camaleón, hay personas que logran cambiar de color para pasar desapercibidas, o peor aún, para cambiar de bandería o convicciones como perversa adaptación acomodaticia según el interés o conveniencia personal. Un camaleón –se supone- tiene esta ventaja de ajustar la coloración de su piel al ambiente en el que se encuentra, y si éste cambia puede a su antojo modificarla, para seguir disfrutando de los sabores de la invisibilidad. Pero, ¿es esto exacto? ¿o es una creencia que se ha transmitido culturalmente sin mayor rigor?, veamos.
Los camaleones, para empezar, son reptiles, y todos muy lejanos a nosotros. No existen en Sudamérica, solo habitan el viejo mundo, en sus franjas tropicales principalmente (África, India, Madagascar). Tienen un cuerpo bastante comprimido longitudinalmente, con lo cual pueden hacer equilibrio sin problemas asidos a la rama de un árbol, alineándose perfectamente con ella. Son depredadores, y comerán todo lo que puedan encontrar, pero la mayor parte de su dieta son insectos.
El modo de capturarlos es sumamente curioso. Dentro de su boca poseen una lengua súperenrollada, que puede medir tanto como la longitud de todo su cuerpo (sus tamaños son variables, pero oscilan entre 10 y 50 cm aproximadamente con la cola). ¿Se imaginan una lengua de 50 cm, en un cuerpo de igual longitud?, en una escala humana equivaldría a que nuestra lengua tuviera 1,70 metros. Sin dudas, algo desmesurado. Esta extraordinaria lengua posee una punta abultada, en forma de bulbo, y sumamente pegajosa. Cuando la eyecta a una increíble velocidad, esa punta se pega al insecto y lo arrastra en reversa, tan rápido como fue expulsada. Aún las cámaras de alta velocidad que han filmado el fenómeno no han resultado suficientemente rápidas para captar todo el detalle. La amplia bolsa que cuelga de su mandíbula inferior le permite alojar la lengua en reposo. Es curioso que, frecuentemente, su cola se vea enrollada del mismo modo que la lengua, quedando acomodada como un ovillo entre las patas posteriores.
La supervivencia de este animal se debe, fundamentalmente, a esta lengua fantástica. Porque en los demás aspectos de su vida, es torpe y lento. Se desplaza con dificultad en tierra, y suele pasar largos estadios en ramas no muy altas de árboles y arbustos, a las que llega trepando en forma pesada y parsimoniosa. Cuando llega a un sitio que le gusta (una ramita más o menos resistente) se queda notablemente quieto, y si siente algún peligro se balancea suavemente con sus patas, como imitando el vaivén de las hojas con el viento. Es decir, no es un animal que tenga una actitud cazadora, aunque sea cazador. Más bien, espera que su presa, sin advertirlo, pase cerca suyo, para entonces propulsar un fuerte y sorpresivo lengüetazo, a continuación de lo cual volverá a su casi-inmovilidad.
Una dieta variada y abundante, una inmovilidad casi absoluta y pocos depredadores que se animen a comer un animal tan pinchudo y desagradable, esos son los factores que la evolución ha priorizado con el beneficio de la supervivencia. Y allá va el camaleón, con su vida anodina y calmada. Pero ¿qué hay con el cambio de color? ¿por qué no lo contamos como una de sus grandes estrategias para lograr la mimetización perfecta?
Es cierto, el camaleón cambia de color, y puede cambiar mucho. Sus tonalidades pueden cubrir una amplia gama, pero solo si tomamos al conjunto completo de especies de esta familia. Cada especie de camaleónido en particular, no posee un rango de variación tan amplio, e incluso se han observado diferencias importantes de un individuo a otro. Es decir, que el cambio de color depende de cada ejemplar y cada especie. Los hay que cambian en forma bastante notable, desde un grisáceo casi blanco hasta un violáceo profundo, pasando por una amplia variedad de verdes, marrones y pardos. Y los hay que no cambian en absoluto. Además, no se trata siempre de colores extendidos y uniformes, pueden abarcar sólo el vientre, o presentar motas o manchas. Incluso las diferencias pueden ser sexuales, cambiando más de coloración los machos que las hembras. Puede ser curioso plantear que el camuflaje para el camaleón no representa nada en absoluto, y que su coloración regular (la que posee la mayor parte del tiempo) ya está muy bien ajustada al ambiente que ocupa, oscilando casi siempre entre el verde y el marrón.
Entonces, nos vemos forzados a aceptar que los cambios de coloración deben tener otra explicación. Y la tienen. Los científicos acuerdan que se deben a cambios nerviosos, sujetos a emociones o situaciones de stress, o estímulos sensoriales externos que poco tienen que ver con el camuflaje. Por ejemplo, han observado que por la mañana presentan colores más claros, en estado de excitación sexual o amenaza territorial presentan colores más vivos (frecuentemente virando al pardo o rojizo), durante el apareamiento machos y hembras pueden acercarse a un tono blanquecino, pero la irritación les provoca un color más oscuro próximo al negro. La sed, el hambre, el cansancio, la enfermedad, pueden producir cambios notables. Tan notables como visibles. El mejor camuflaje, vaya paradoja, es el que posee el animal cuando no cambia de color.
La evolución ha dotado a este animal de una batería de pigmentos que regula en forma muy compleja, y aún no acabamos de entender. El hecho es que seguramente se relacionan más con señales de amenaza o de comunicación con ejemplares de su misma especie, o de otras especies que puedan ponerlo en riesgo. Son un lenguaje. Se han imaginado algunas explicaciones para ciertas coloraciones, y otras por ahora resultan más bien misteriosas. Lo cierto es que, casi siempre, estos cambios ponen al individuo en evidencia. Estas variaciones frente a situaciones emocionales extremas son bastante comunes en la mayoría de los lagartos, pero los camaleones parecen especialmente sensibles a cualquier cambio que afecte su fisiología y carga nerviosa.
Tendremos que buscar otro animal para comparar nuestras adaptaciones más infames, porque en todo caso la transformación del camaleón más podría asemejarse al rubor que nos produce una emoción que no podemos controlar, como cuando nos sonrojamos frente a la persona que nos enamora o palidecemos ante un peligro de vida, o enrojecemos frente a una situación irritante o humillante. Son cambios que quisiéramos ocultar y no podemos, nos delatan y nos perturban, haciéndonos más frágiles frente al mundo. El camaleón, ajeno a nuestra fragilidad, espera tranquilamente que su pigmentación  se normalice y sigue apacible su vida.