El Caballero del Mar

Presentamos a una exótica criatura que habita los mares helados, con un cuerno filoso como una espada, y nos preguntamos qué usos puede hacer de un armamento tan peligroso. Encontramos una respuesta insospechada, un truco en el que la evolución demuestra que puede dotar de funciones insospechadas a órganos del cuerpo originalmente ordinarios. Con ustedes, el narval.


 
En los filmes que cuentan historias de caballeros medievales, los momentos culminantes tienen que ver con las contiendas en las cuales dos de ellos, a caballo y enarbolando una larga lanza, se aproximan a toda velocidad exponiéndose a una embestida terrible del rival, potencialmente mortal. Con el brazo derecho empuñando la caña, y con el izquierdo manejando las riendas del corcel y sosteniendo a duras penas un escudo que será una pobre defensa. Las reglas, encima, solo autorizaban el impacto en el torso o rostro (y la descalificación si la mala puntería dejaba herido al caballo). La adrenalina recorre a todo el público (seguramente sería el momento más esperado de aquellas lides para los espectadores que pudieron presenciarlas, y aún hoy en la ficción de la película sigue causándonos sensación). Y todos intuimos (con razón) que la coraza o armadura no será suficiente para resistir el impacto.
En el mar, un misterioso caballero enarbola una lanza potencialmente tan mortal como la de los contendientes del medioevo. Un caballero helado, que resiste la extinción en una época de calentamiento global que lo pone en evidencia y en riesgo. Es el narval, un habitante de las frías aguas del Ártico, que presenta una adaptación tan curiosa como excéntrica. Desde su cabeza parece surgir un estilete largo y agudo como una lanza, que puede alcanzar hasta ¡¡tres metros!!. Se cree que este extraño animal, con su increíble arma, inspiró a los navegantes la leyenda de unicornios marinos, que después tomaron la forma de caballos alados en tierra. Nunca nadie ha encontrado un unicornio (salvo Silvio Rodríguez, que ya se sabe que lo perdió), pero en cambio ahí está el narval, desafiando todo lo conocido.
¿Cómo adquirió su lanza? ¿Qué raro fenómeno evolutivo dotó a este animal de tan poderoso medio de ataque? ¿o será una forma de defensa?, en todo caso, ¿qué desafíos biológicos plantea a un animal semejante estructura saliendo de su cabeza?

Vamos a empezar diciendo que la lanza no sale de su cráneo, sino de su boca. Así es, no es más que un enorme diente que crece en forma exagerada, y ni siquiera sale derecho, sino que se tuerce casi siempre hacia la izquierda y abajo, presentando también una rotación sobre su eje hacia la izquierda (rotación sinistrosa). Es una particularidad que presentan solo los machos, y aquí ya se empieza a develar la clave del misterio. Los narvales sólo tienen dos dientes, y no son funcionales, es decir, no los utilizan para morder o masticar. Son una característica claramente regresiva… excepto que uno de ellos se superextiende. Las hembras tienen el mismo par de dientes, pero reducidos y (como suele ocurrir con los dientes), ¡permanecen dentro de la boca!
Esta tremenda aguja puede ser utilizada por el macho para pelear. De hecho, en la época de celo (en la primavera del hemisferio norte, por abril), se trenza en duras luchas con los demás machos por las hembras, y es frecuente ver las cicatrices en el duro cuero por las heridas producidas. Increíblemente, pocas veces estas heridas son graves, lo que significa que una buena parte de estas batallas son simples rituales para convencer a los demás de que uno es el más fuerte. La corpulencia del cuerpo, y el largo del colmillo, a veces bastan para disuadir al adversario.
El hecho de que el narval “use” su sobredimensionado diente para pelear no significa que sea un órgano dispuesto para esta función. No hace falta que te explique la función que cumple un diente… en forma secundaria podría servir como arma, para aplicar un par de dentelladas a un rival de la misma especie, o en el caso de los carnívoros, para ahogar o desgarrar a su presa. Pero un diente es un diente, y no una lanza. Aunque al narval le sea útil para demostrar su potencial poderío, rara vez la utiliza como tal. Entonces, ¿por qué la evolución favoreció un crecimiento tan impresionante?.
Los noruegos solían ver desde las costas de los fiordos las curiosas danzas que realizaban los machos (ahora estos avistajes son más raros, por la contaminación y la creciente navegación), levantando sobre la superficie del agua su colmillo en posición casi vertical, para luego hundirlo y volverlo a subir rítmicamente. Esto lo hacían por la misma época de celo, entre riña y riña, y estos bailes acompasados no constituían entretenimientos pasajeros, sino que tenían una misión mucho más práctica: lucirse frente a las hembras, llamar su atención. A contramano de la selección natural, estas danzas no tienen una función de lucha por la supervivencia, sino por la reproducción (que es un modo de supervivencia, pero de los genes del individuo). El macho que mejor baila logrará la atención de la hembra, su entrega afectuosa, el apareamiento que permitirá su descendencia y la conservación de su linaje. A esto Darwin le llamó “selección sexual”, y hay numerosos casos en la naturaleza, en todos los cuales las hembras privilegian algún aspecto del macho que capta más su curiosidad, que le atrae más poderosamente, y esto, lejos de ser un capricho, está misteriosamente grabado en sus genes. El deseo sexual es tan poderoso como para poner en riesgo la supervivencia misma, porque el narval en estos bailes pone en evidencia su ubicación, haciéndose más vulnerable a sus enemigos (las orcas, por ejemplo), y repetidamente delata su presencia. Pero sabe que la elección de la hembra es inexorable, y se quedará con aquel que ejecute mejor su ritual. Un ritual en el que el estilete dibujará círculos y estocadas al aire, obligando al bailarín a contorsionarse casi verticalmente para mostrar su virtuosismo. La lanza tiene una función sexual, y cientos de miles de generaciones de hembras eligiendo los individuos más ágiles y de dientes más largos, terminaron por configurar una adaptación extraordinaria.
Ahora ya lo sabemos: la lanza del narval tiene una función de seducción. Secundariamente, puede servir a otros fines (establecimiento de prioridades en la alimentación, defensa del territorio, amedrentar a potenciales rivales o depredadores), pero es un diente… transformado en un poderoso señuelo ante el que las hembras se rinden enamoradas.
El esforzado narval macho carga durante toda su vida con su pesado e incómodo agregado, anhelando el momento de ese encuentro amoroso fugaz en el que su cuerno por fin adquiere sentido.