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Charles Darwin es mundialmente conocido por su Teoría de la Evolución, y su nombre es sinónimo de Ciencia. Pero es menos sabido que, en el viaje que realizó alrededor del mundo cuando era joven, una de las experiencias más impactantes que vivió fue el largo recorrido que hizo por la llanura pampeana, desde Bahía Blanca hasta Santa Fe pasando por Buenos Aires. Acompañado de soldados y gauchos, Darwin se sintió muy a gusto entre ellos hasta compartir mates y fogones. Esta es la reseña de aquella extraordinaria travesía.
En el transcurso de este año, 2009, varios acontecimientos académicos en todo el globo están ligados a un doble aniversario de uno de los naturalistas más extraordinarios de la historia: Charles Darwin. En efecto, se cumplen 200 años de su nacimiento, y 150 de la publicación de su obra cumbre, “El origen de las especies”. Pero la génesis de sus ideas, tan revolucionarias que cambiaron para siempre la forma de estudiar y de ver la naturaleza (desbordando ampliamente los límites de la Biología), se encuentra en el viaje de cinco años que realizó en una pequeña fragata llamada Beagle. En ésta dio la vuelta al mundo por su parte menos conocida entonces, el hemisferio sur, y con motivo de extensas paradas en distintos puntos, tuvo ocasión de realizar un detallado reconocimiento de diversos parajes, de los escenarios naturales, su flora y fauna, su geología, su modelado, y de todo ello nos brindó detalladas y muy precisas descripciones que aún hoy son un ejemplo de divulgación científica. En homenaje a dicha gesta, veamos (en apretada síntesis) lo que pudo observar Darwin cuando recorrió la pampa argentina.
Darwin en territorio argentino
El Beagle zarpa de Londres en 1831, y luego de un alto en las islas Canarias, cruza el Atlántico y recorre la costa sudamericana, recalando en distintos sitios de lo que hoy es Brasil, Uruguay y la Argentina. El 24 de agosto de 1833 llega a Bahía Blanca, y la idea de su capitán, Fitz Roy, es subir por la costa bonaerense hasta la ciudad de Buenos Aires. Darwin ve en ello una oportunidad para recorrer la región, y le pide permiso para hacer el mismo camino por tierra, acompañado de algún baqueano. Con la debida autorización, y en compañía de un gaucho y algunos soldados de la zona, emprende el largo recorrido el 8 de septiembre adentrándose en territorio indio. Tenía 23 años y se sentía capaz de cumplir cualquier meta que se propusiera.
El primer objetivo fue visitar la Sierra de la Ventana, y su primera impresión al llegar es de desencanto ante la aridez del paisaje, pese a destacar su importante altura, que contrasta rotundamente con la planicie que la rodea. Sube con algo de fatiga a dos de los cuatro picos más altos (unos 1000 metros de altura), y acampa luego al pie con el grupo que lo acompaña, no sin temer alguna repentina aparición de los indios, que por suerte no ocurre. Darwin ameniza con sus compañeros la velada con mucho mate y algunos cigarros, lo que habla a las claras de su rápida adaptación a las costumbres locales. No deja de comentar las condiciones miserables en que viven los soldados en sus destacamentos y postas, y cuenta que se entretienen cuando los malones les dan un respiro con juegos de cartas y de boleo, pero en condiciones de pésima higiene, alimentación y cuidado personal. Eran personas rústicas que continuamente se veían amenazadas por los nativos, que los asediaban y no dejaban pasar oportunidad para apoderarse del ganado y los caballos, asolando con frecuencia los escasos caseríos instalados. Se tenían un odio y temor mutuos.
En el trayecto ve guanacos, “avestruces” (ñandúes), perdices, armadillos, zorros y venados, y aunque no divisa ningún depredador, sabe por sus acompañantes que continuamente merodean pumas y jaguares, atacando de noche los animales y dispersándolos al punto de que es imposible reunirlos de nuevo (es una época en la cual aún no había alambrados). Algunos de estos animales el mismo Darwin contribuyó con su escolta a cazar para alimentarse. Incluso, tuvo oportunidad de probar carne de puma, que le pareció deliciosa.
Cruzando la Tandilia
Atraviesa las sierras de Tandilia (a las que llama “de Tapalqué”, igual que al río homónimo) muy cerca de lo que hoy es Olavarría, y luego sigue al NE hasta el río Salado. Hace un descanso en una gran estancia perteneciente a Rosas, presentándose ante el jefe de la guarnición como “Don Carlos, naturalista”, y comentándose a sí mismo que cree difícil que entiendan de qué se ocupa un naturalista. Rescata la gravedad cordial del trato que se le dispensa, aunque sabe que tiene asegurada toda la asistencia necesaria, gracias a un salvoconducto que le proporcionara el mismo Rosas mucho antes, en su campamento cercano al Río Colorado, cuando le visitara antes de comenzar la travesía. El general Rosas estaba en esa oportunidad ocupado en dirigir las acciones de la primera Campaña del Desierto, y se habían diseñado una serie de líneas de puestos militares por donde el tránsito era más seguro, que le fueron muy útiles en su periplo.
Lo que queda fuera de toda duda para Darwin es la hospitalidad de las gentes que lo escoltaban y la que iba encontrando en las postas militares, los gauchos y soldados rasos que, en su primitiva educación, se mostraban sin embargo extraordinariamente dispuestos a ayudar y compartir, sin esperar a cambio ninguna recompensa.
Se sorprende de la extraordinaria expansión del ganado vacuno, ovino y caballar asilvestrado, descendientes de los primeros que trajeron los europeos, y que vagaban libres por los extensos pastizales llanos, sin dueños ni límites en los que confinarse. Supone (correctamente) que eso debió desplazar buena parte de la fauna rumiante nativa, como las manadas de guanacos y ciervos, que ya empezaban a ser escasas en aquel tiempo.
De Buenos Aires a Santa Fe
Llega a Buenos Aires el 20 de septiembre, lo que indica que los 700 kilómetros que recorrió a caballo en apenas 12 días (con paradas importantes en el trayecto) incluyeron algunas jornadas de cabalgatas prolongadas y extenuantes, que sin embargo no le impidieron recordar y anotar enorme cantidad de detalles, reflejados en su Diario de Viaje. De la ciudad de Buenos Aires no cuenta gran cosa, salvo que le parece de un diseño prolijo y bastante ordinaria, no teniendo casi edificios que se destaquen ni po
r su porte ni por su arquitectura (aún no era la “Reina del Plata”). Sí le sorprendió la actividad del matadero de las afueras de la ciudad (en la zona donde actualmente se ubica Once), por el salvajismo y brutalidad que rodeaba la actividad de la faena del ganado. Se aloja en casa de un inglés, M. Lumb, comerciante que lo trata de maravillas.
No conforme con lo ya realizado, el 27 de septiembre parte hacia Santa Fe, 480 km curso arriba del Paraná. En el camino vuelve a probarse como agudo observador de la naturaleza, y también de las costumbres sociales de los duros habitantes. Describe por ejemplo los hábitos de las vizcachas y búhos, encuentra fragmentos fósiles de mastodontes y toxodontes (ya antes había hallado un esqueleto bastante completo de megaterio, en las inmediaciones de Monte Hermoso), y especula por la razón de que ya no haya grandes rumiantes en estas tierras, como sí se los encuentra en Africa. Los armadillos y perezosos gigantes ya extinguidos, tal vez, hayan producido en el joven Darwin los primeros pensamientos evolucionistas, al notar las evidentes semejanzas con sus parientes vivos más pequeños.
Luego conoce las ciudades de Rosario, Santa Fe y Bajada (actual Paraná), y describe el clima y la geología con pericia. Algunos problemas de salud le impiden seguir más al norte, y toma un barco de regreso a Buenos Aires que le permite disfrutar del río Paraná extensamente y conocer el delta en su desembocadura. En todos los sitios que visita se comunica con los pobladores, recolecta anécdotas y datos del lugar, de la flora y fauna, y su avidez por conocer parece no tener límites.
Cuando llega a Buenos Aires, se encuentra con que había estallado una revolución, y toda la zona de la villa está sitiada. Le dejan pasar cuando relata su encuentro con Rosas, pero solo si se dirige a pie y sin equipaje, y escoltado lo llevan a puerto. Allí puede embarcarse a Montevideo, donde lo espera el Beagle, pero una demora en la fecha de partida le permite hacer un recorrido igualmente interesante por la Banda Oriental. Pero esa ya es otra historia.
Nostalgias de la Pampa
Cuando en los últimos años de su vida preguntaron a Darwin qué recuerdos le producían más nostalgia, qué momentos de su vida añoraba más, él no dudó en responder que era aquella travesía por las salvajes pampas argentinas, lejos de su civilizado mundo londinense, apartado de la dirección vigilante de su capitán, compañero ocasional de rústicos criollos, recorriendo ese mar inacabable de pastizales ondulantes, libre como nunca más se sintió en medio de una naturaleza que estaba condenada a desaparecer en aras del progreso. El joven Darwin conoció así al gaucho, limitado y errante, pero sabio de la esencia de ese paisaje, y al lado suyo fue uno de ellos. Su experiencia en aquellas interminables llanuras fue tan vívida que muchos años después, aún como hombre de ciencia consagrado, seguía guardándola en su alma para siempre.
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